Palpa y Nazca, en Perú, albergan las manifestaciones artísticas más grandes y hermosas de la humanidad, entre ellas se halla el “colibrí de Kosok”, recientemente restaurado

 

El colibrí es el ave más representada en estas pampas donde los antiguos peruanos modelaron su enigmática cosmovisión. Las pampas de Palpa y Nazca son un enorme lienzo donde los antiguos peruanos modelaron su enigmática cosmovisión.

Son miles de geoglifos (dibujos en tierra) entre los que destacan líneas de cientos de metros de largo, enormes trapecios que semejan pistas de aterrizaje y representaciones estilizadas de flora y fauna que simbolizaron el origen o la ‘paqarina’ de las etnias que llegaban a la zona siguiendo una peregrinación ritual.

En la primera mitad del siglo pasado, Paul Kosok identificó decenas de geoglifos, entre ellos un antiquísimo colibrí, cuya cabeza y pico fueron recortados por la posterior elaboración de un enorme trapecio para danzas rituales.

Este detalle le restó importancia turística al colibrí decapitado, sobre todo cuando –años después– María Reiche inició su titánica tarea de recuperar y cuidar las líneas de Nasca, y descubrió nuevas y sorprendentes figuras grabadas en la pampa.

Hoy en día, el “colibrí de Kosok”, ubicado sobre unas terrazas aluvionales en Palpa, se luce en su máxima expresión gracias a la restauración dirigida por el arqueólogo Johny Isla. Y pronto se integrará al circuito de las famosas líneas de Nazca.

Tanto Kosok como Reiche y otros investigadores de la talla de Johan Reinhard y el propio Isla comprendieron que los dibujos se podían contemplar desde las cimas de los contrafuertes andinos que rodean las pampas y desiertos de Palpa y Nazca.

Pero fue Reiche la primera en insistir que desde el aire serían todo un espectáculo. Y es aquí donde surge Eduardo Herrán Gómez de la Torre, un personaje ajeno a la arqueología pero que terminó “flechado” por los enigmáticos dibujos.

Formado en la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea del Perú, Herrán llegó a ser piloto de caza bombardero para luego dedicarse a las actividades propias del pilotaje civil.

Sufrió un grave accidente mientras fumigaba extensos campos de cultivo hasta que, un buen día, en un inolvidable viaje piloteando un Piper desde Collique hasta Nazca, descubrió esos dibujos que le dieron sentido a su vida.

Herrán adquirió un equipo fotográfico Pentax K1000 y retrató los geoglifos desde diferentes alturas y en diversos horarios durante 35 años.

Fue así como se convirtió en un aliado fundamental de María Reiche y en el “ángel de los geoglifos”. Sus vuelos también sirvieron para advertir invasiones de terrenos, el paso de vehículos por zonas prohibidas, la existencia de yacimientos mineros ilegales y otras actividades que amenazan los geoglifos.

También fundó el Instituto de Investigaciones Aero-arqueológicas, que auspició el expediente técnico que permitió declarar a Palpa y Nazca como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Y se desempeñó como director de la empresa Ojos de Cóndor, dedicada a captar imágenes aéreas y preparar a los aspirantes a guarda parques de las “líneas”.

Con más de doce mil horas de vuelo en aviones ultraligeros (con motor de motocicletas), Herrán logró registrar 324 geoglifos. Sus fotografías sirvieron para mostrar las “líneas de Nazca” a todo el mundo.

Sin duda, Palpa y Nazca albergan las manifestaciones artísticas más grandes y hermosas de la humanidad.

 

Fuente: larepublica.pe

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